domingo, 25 de octubre de 2009

Los Veinticinco se sienten Cien

Un siglo de locura en veinticinco años de cordura. A lo que llamamos locura posiblemente es razón con miedo, una combinación fugaz, luz y fuego o tal vez hielo. Hielo como ya debiera de ser después de todo lo que me ha pasado.

Con rumbo perfecto, con un claro final, pasó todo este tiempo que ha comenzado a pagar. Los reconocimientos recibidos por los que alguna vez trabajé, cuando menos los deseaba, cuando menos los busqué, llegaron justo a tiempo para recordarme que no hay un todo en la vida. La vida es todo el miedo, la felicidad, los deseos, y recordar de nuevo que un segundo vale lo mismo aquí que una hora. En cualquier hora puedes morir, y en cualquier segundo vuelves a vivir.

Ahora me encuentro desesperado por saber que mas sigue, pero sólo me detengo a esperar el nuevo camino por el que he de aventurar esta alma tan herida. Y muero al saberme tonto, que la vida no se mira con expectativa, sino se busca para vivirla.

Es tanta mi confusión en un momento inapropiado, cuando mas adulto debiera de ser, al fin he aceptado que de niño nunca he cambiado. Han sido interminables tasas de café y más cigarros de los que quisiera haber fumado. Lo que más daño me ha causado, son los desamores que en mi necedad de necesitar me he buscado. Nunca he tenido miedo al amor, siempre he dado todo lo que he podido, siempre el mismo cuento varias veces repetido.

Presumo continua y totalmente de ser un romántico sufrido sin entender lo que de verdad es amar. Pero con el tiempo me he dado cuenta que los detalles se terminan, se van junto a la creatividad, la cual sigue a la inspiración por la ventana después de que la emoción e ilusión por lo nuevo se cambian el nombre por cotidianidad.

Ahora mucho tiempo después de mi primer beso, después de que me he vuelto a enamorar, me he dado cuenta de que si de verdad quiero estar con el alma que tanto me besa y tanto se esfuerza por seguir junto a mi, debo de convertir a la cotidianidad en algo espontaneo, que se pierda el sentido de lo regular por la locura de un día a día diferente. Olvidar los calendarios para los besos. Perderle la memoria a los días difíciles, esos de los que crees “esto ya no camina mas”. Saltarte la locura que se pelea con el compromiso. Y para esos días y noches de ansiedad y necesidad de huir, abrir la puerta de par en par, saberse todas las salidas y mostrarle al amor todas esas opciones; porque después de un siglo de locura, lo único que he logrado aprender, es que el amor se queda lo que un segundo dura en veinticinco años de cordura.